Apenas eran las once y se escuchaba el viento soplar a través de la ventana del cuarto de Nicolás, cuando decidió tomar su jersey de lana azul, era verano y hacia calor, pero pensó que la briza haría sentir un poco de fresco. Cogió las llaves, cerró la puerta tras de sí y llamó al ascensor. Al salir por la puerta se ató el jersey a la cintura, y se puso a recorrer las calles sin un destino fijo. Había pasado todo el día en su casa y sentía que necesitaba tomar un poco de aire antes de acostarse. A la mañana siguiente debía levantarse temprano para ir a currar en el pequeño café de su tío en donde era mozo. Una vecina le pasó por al lado corriendo la vista para evitar saludarlo, iba con su hija comiendo un helado de la heladería de mitad de cuadra, no le pareció extraño que lo ignorara, quizás no lo había reconocido o simplemente prefirió ignorarlo. Dobló en la esquina, como por inercia, recordando las interminables noches de verano en Buenos Aires, parecían tan lejanas a pesar del parecido del barrio, las veredas, incluso los negocios, pero la gente es tan diferente del otro lado del océano.
Recordó esa esquina de Humahuaca y Bulnes, siempre tuvo una extraña sensación en ella, algo en el aire, el tiempo congelándose entre la estación de servicio y la iglesia. La gente de alrededor emanando un perfume característico, único, paz y rutina. Sin dejar de caminar, Analía se despidió de sus amigas y emprendió el regreso a su casa, «Mandá un mensaje al celu cuando llegues.», le dijo Julieta y se perdió por la esquina. Estaba oscuro, pero conocía bien el barrio, sabía que lugares le convenía evitar. No podía dejar de pensar en lo que había visto esa tarde, «¿Y si vi mal? ¿Si no era Pablo el que salía del hotel con esa mujer? Pero no, estoy segura, no sé por qué me intento convencer de otra cosa.», sintió como que una sombra la seguía y volteo en forma casual como para no demostrar el miedo que sintió por un instante. Sólo el viento frío del invierno, nada más. Se detuvo un momento como para asegurarse de que realmente no había nadie, se acomodó la bufanda y siguió. Apresuró el paso hasta el dpto., en medio del silencioso bullicio de la ciudad se escuchaban fuerte y claro el golpecito de su taco bajo contra las baldosas. Se levanto una pequeña niebla que empalideció todas las luces, Analía se sintió dentro de una película, donde la nitidez de las células de cada porción de materia entraba por su pupila exaltando sus sentidos. «Me siento como en el hangar de Casablanca.», pensó en Ingrid Bergman despidiéndose de Bogart antes de subir al avión.
«¡Salud!» dijo El Coronel y empezó a beber el cuarto vaso de whisky sin hielo de la noche, lo apoyó sobre la mesa de vidrio que tenía a un costado, al lado de la foto de María, estaba sonrojada, y con un risa nerviosa. El Coronel tomó el porta retrato y recordaba el día en que le sacó esa foto. «Fue hace 31 años... no, 35... la pucha, que pasa el tiempo.», ese día habían ido a la feria del pueblo, era la primera vez que María salía con el joven soldado que era entonces El Coronel y se moría de nervios, se habían enamorado a primera vista ese agosto cuando ella salía del instituto y el estaba de visita para ver a un amigo que estaba en hospital internado por apendicitis. Cuando se cruzaron se vieron y en una picardía de rápido pensamiento el Coronel “tropezó” con ella tirando sus cuadernos al piso. «Disculpe, señorita, en verdad lo siento. Déjeme ayudarla con eso.», «No se haga problema, Ud. debe andar apurado, no se retrase por mi culpa.»,«Por favor, yo estoy para servirla, permítame compensarla. ¿Qué le parece si le invito un café?». El Coronel dejó escapar una sonrisa de costado, se paró y avanzó hasta la estufa -que era una chimenea de fantasía- y puso esa foto junto con otras que andaban por ahí. Dio vuelta la página y lo sintió en el aire; era su perfume, intoxicante, haciendo golpear en su cabeza todas las piedras del recuerdo en un derrumbe repentino y sin aviso. El bondi dobló bruscamente y casi no llegó a sostenerse. Miró de soslayo por encima del libro hacia un lado y hacia el otro, miró hacia la puerta y el chofer, buscando su cabello o sus ropas, su mirada, pero no estaba. Se preguntó si sería por estar leyendo un libro de Julio, que era su favorito, o por el recorrido que estaba haciendo, tal vez su fantasma volvía para atormentarlo.
Decidió ignorarlo, porque ya se había dispersado en el aire, y era mejor hacer lo mismo con su sentimiento de nostalgia. No pasó mucho cuando volvió a sentirlo, esta vez estaba seguro, definitivamente era su perfume, lo sintió más intensamente. Bajó el libro a la altura de sus muslos, dejando el dedo gordo aprisionado entre la hojas que estaba leyendo, y revisó con la mirada cada asiento, cada rincón, pero ella no estaba. Agudizó la nariz, era inútil, ya se había disuelto en el aire, y no podía indicar con precisión de dónde provino, pero estaba seguro que era de alguien delante de él, «Del fondo no viene, eso seguro... Debe ser de alguna mujer delante mío, quizás la chica de remera azul o...», se quedó mirando fijo a una chica de campera roja y vaqueros ajustados. Tenía lentes de marco grueso y negro, cabello enrulado y espeso, estaba lejos, lo cual explicaba porqué sentía el perfume fugazmente.
Habían pasado ya las dos de la madrugada, estaba sudando, no sabía en que pensaba cuando tomó su jersey azul. Decidió detenerse en el escalón del umbral de una puerta antigua de madera, con la pintura saltada por los años, de unos 2 metros y medio, con un enrejado de hojas negras cubriendo las ventanas angostas y largas. Habría hecho muchas cuadras, no sabía cuantas, perdido en pensamientos, recuerdos, problemas financieros. Muchas cosas venían a su mente mientras descansaba las piernas, sobre todo, pensaba en Mariano. Se preguntaba que estaría haciendo ahora, dónde estaría, con quién. Realmente nunca había dejado de pensar en él, desde que salió de su casa, desde que tomó el jersey... no, incluso de antes, desde que volvió a España, incluso desde que lo conoció en Las Cuartetas, ese día que su primo porteño lo llevó a comer unas pizzas y los presentó. Desde entonces que Mariano está grabado a fuego dentro suyo. Sintió enormes ganas de volver a verlo, pero no entendía muy bien por qué. Ellos simplemente decidieron no verse más, sabía que al terminarse ese lejano verano en Buenos Aires, volvería a su tierra. ¿Acaso quería demostrar algo? ¿Lo bien que le iba y estaba sin él? ¿Cuanto había madurado desde entonces? Pasó un año y medio, pero jamás volvió a sentir la intensidad al contacto con otra piel como la que le dio Mariano. Por nadie se había entregado como con él, y ahora, ¿por qué quería verlo? ¿Quería verlo realmente? Ya no sentía ese deseo de no estar juntos de entonces, lo había superado. Quería demostrarle eso, sentirse dueño de sí mismo frente a él, a quien le había dado todo su ser. O quería demostrarse a sí mismo que podía ser esa persona firme que nunca fue. Luego de largo tiempo de divagar en su mente, se levantó del escalón y revolvió en su cartera hasta encontrar las llaves. Buscó la cerradura con cuidado, dio la media vuelta a la llave y empujó la gran puerta de vidrio con desgano. No sabía que iba a decirle a Pablo cuando lo viera, sería capaz de mantener la calma o estallaría en llanto y furia, no había un termino medio para ella. El taco bajo hizo eco por el pasillo, hasta detenerse frente al ascensor. Mirando fijamente su rostro reflejado en el acero pulido, escudriñando dentro de sus propios ojos, confundida, «A lo mejor debería dejar pasar unos días hasta aclarar mis ideas... no, no voy ser una cornuda como mamá, me pregunto cuántas veces debiste sentirte en esta situación. Ay, vieja, ¿cómo te aguantabas todo esto?».
Sumergía profundamente la mirada en las comas, las letras y los puntos, naufragando en los espacios en blanco de las hojas. Se acomodó de costado, cada tanto levantaba la vista y la examinaba de arriba a abajo, la estudiaba, en cada movimiento, se imaginaba su cintura bajo sus ropas, estudiaba cuidadosamente sus curvas por los contornos del vaquero. A penas alcanzaba a verla de perfil, nada tenía que ver, era tan diferente. Su postura, sus forma de vestir, su cabello, su rostro, nada tenían en común, pero esa fragancia, ese dulzor en el aire que de tanto en tanto acariciaba su nariz, retenía su atención y todas su concentración. No alcanzaba a verle los ojos, no podía decir si al menos la mirada, esas pequeñas ventanas del alma que dejan ver más de lo que quisiéramos de nosotros mismos, dejarían escapar alguna similitud notable.
Al doblar por Colombres se bajó una pareja sentada cerca suyo, ya le faltaba poco para bajar, pero decidió sentarse para tener una nueva perspectiva, quizás de otro ángulo... ella giró su rostro hacía su dirección y, asustado, se escondió tras de Julio, miró fijamente las páginas, sin embargo dentro suyo sabía que la mujer de la campera roja y los vaqueros ajustados se aproximaba a su dirección. Se sentó a su lado, «¿No le parece que deberíamos ir volviendo?» entre nerviosa e indecisa, el Coronel sabía que ella hubiese preferido quedarse con él esa noche, pero eran otros tiempos y no quería dar una mala impresión a María ni a sus futuros suegros. «Sí, ahora mismo la llevo a su casa». Así fueron las primeras salidas, en las que rápidamente se ganó el tuteo, los primeros besos y esa primer noche de caricias, mimos prolongados y sutiles.
La botella vacía rodó por el piso y el Coronel alzó la vista al techo, se sonrío pensando en lo inocente que era en esa época, los formalismos, las costumbres y en lo que vino después: la violencia, el proceso, la guerra, luego el repudio y sobre todo la carga en su corazón a causa de sus pecados. «Perdoname, María.»
- ¡Sos una mierda!
- ¡Para un poco, calmate Analía!
- ¡No me calmo un carajo! -sus gritos le raspaban la garganta mientras sus lágrimas resbalaban por sus mejillas teñidas en un rojo vino intenso. Se abalanzó sobre Pablo y con sus puños cerrados golpeó su pecho agotando sus delicadas fuerzas. Él intentó contenerla, pero lo rechazó y corrió al cuarto.
- ¡¿Qué hiciste, Claudio?!
- Si lo dejaba ahí lo iban a dejar morir, ¿no te das cuenta? -el bebé lloraba desconsoladamente en los brazos del Coronel por los gritos y el hambre. Sacó los cajones y los tiró por la ventana uno por uno, junto a los peluches y las cartas, empezó a guardar sus cosas en un bolso.
- ¿Estás loca?¿Qué hacés, Ana?
- ¿A dónde vas, María? Pará.
- Lejos tuyo, no quiero saber nada de esto. -se dirigió a la puerta, y el Coronel la tomó del brazo.
- Ana, no te vayas, lo podemos resolver -le pegó un cachetazo, y él la sujetó con violencia y la arrojó al piso.
- ¿No ves lo que estoy haciendo por nosotros? No podemos tener hijos, te traigo uno para que lo criemos juntos y vos te ponés difícil.
- Andate a la mierda si querés, pero no vuelvas más.
- Metete el dpto. en el orto, Pablo.
- Dame a ese chico.
- ¿Sabés lo que tuve que hacer para poder sacarlo? Es mi hijo, si vos no lo querés, jodete.
- Dámelo, tiene que estar con sus papás.
- ¡Sus papás ya no existen, nunca existieron! -las lágrimas caían del rostro de su mujer y cuando ésta intentó arrebatarle al bebé de los brazos el Coronel. Sin pensarlo dos veces le apuntó el arma que llevaba en su cintura en medio de su frente.
- ¿Dónde está el hombre que conocí? -ahora las lágrimas caían como una pequeña cascada incesante, se puso de rodillas y su frágil corazón no aguantó más la angustia desplomándose en el piso.
- ¡María!¡María! -el Coronel despertó sobresaltado.
- Viejo, ¿qué pasa? -Gabriel entró en la habitación, recién llegado de una salida con sus amigos.
- ¡Chau, morite! -Dio un portazo y bajó por las escaleras con el bolso en la mano.
- No pasa nada, hijo, sólo recordaba a tu madre.
Cerró el libro, y la observó detalladamente al sentarse a su lado. Le quiso decir muchas cosas, cuando devolvió la mirada le sonrío. No había caso, nada en esta mujer de campera roja y vaqueros ajustados se parecía a ella, ni siquiera el perfume que le pareció sentir anteriormente. Sintió un vacío por dentro que no se pudo explicar, le pidió permiso. Al pararse tocó el timbre avisándole al chofer que la próxima era su parada. Bajó y caminó unas cuadras en dirección contraria a su casa. Antes de la esquina unos cajones con ropa y cartas rotas le llamaron la atención, se quedó unos segundos admirando, pensó en que más de uno debía de estar sufriendo a causa de alguien. De pronto, un profundo sentimiento de soledad lo invadió y siguió caminando, ya eran cerca de las 4 am y el calor era insoportable. Dejó el jersey azul que le había regalado Mariano un día antes de irse de Buenos Aires junto con la ropa de los cajones y se apartó lentamente hacia el final de la calle.
Recordó esa esquina de Humahuaca y Bulnes, siempre tuvo una extraña sensación en ella, algo en el aire, el tiempo congelándose entre la estación de servicio y la iglesia. La gente de alrededor emanando un perfume característico, único, paz y rutina. Sin dejar de caminar, Analía se despidió de sus amigas y emprendió el regreso a su casa, «Mandá un mensaje al celu cuando llegues.», le dijo Julieta y se perdió por la esquina. Estaba oscuro, pero conocía bien el barrio, sabía que lugares le convenía evitar. No podía dejar de pensar en lo que había visto esa tarde, «¿Y si vi mal? ¿Si no era Pablo el que salía del hotel con esa mujer? Pero no, estoy segura, no sé por qué me intento convencer de otra cosa.», sintió como que una sombra la seguía y volteo en forma casual como para no demostrar el miedo que sintió por un instante. Sólo el viento frío del invierno, nada más. Se detuvo un momento como para asegurarse de que realmente no había nadie, se acomodó la bufanda y siguió. Apresuró el paso hasta el dpto., en medio del silencioso bullicio de la ciudad se escuchaban fuerte y claro el golpecito de su taco bajo contra las baldosas. Se levanto una pequeña niebla que empalideció todas las luces, Analía se sintió dentro de una película, donde la nitidez de las células de cada porción de materia entraba por su pupila exaltando sus sentidos. «Me siento como en el hangar de Casablanca.», pensó en Ingrid Bergman despidiéndose de Bogart antes de subir al avión.
«¡Salud!» dijo El Coronel y empezó a beber el cuarto vaso de whisky sin hielo de la noche, lo apoyó sobre la mesa de vidrio que tenía a un costado, al lado de la foto de María, estaba sonrojada, y con un risa nerviosa. El Coronel tomó el porta retrato y recordaba el día en que le sacó esa foto. «Fue hace 31 años... no, 35... la pucha, que pasa el tiempo.», ese día habían ido a la feria del pueblo, era la primera vez que María salía con el joven soldado que era entonces El Coronel y se moría de nervios, se habían enamorado a primera vista ese agosto cuando ella salía del instituto y el estaba de visita para ver a un amigo que estaba en hospital internado por apendicitis. Cuando se cruzaron se vieron y en una picardía de rápido pensamiento el Coronel “tropezó” con ella tirando sus cuadernos al piso. «Disculpe, señorita, en verdad lo siento. Déjeme ayudarla con eso.», «No se haga problema, Ud. debe andar apurado, no se retrase por mi culpa.»,«Por favor, yo estoy para servirla, permítame compensarla. ¿Qué le parece si le invito un café?». El Coronel dejó escapar una sonrisa de costado, se paró y avanzó hasta la estufa -que era una chimenea de fantasía- y puso esa foto junto con otras que andaban por ahí. Dio vuelta la página y lo sintió en el aire; era su perfume, intoxicante, haciendo golpear en su cabeza todas las piedras del recuerdo en un derrumbe repentino y sin aviso. El bondi dobló bruscamente y casi no llegó a sostenerse. Miró de soslayo por encima del libro hacia un lado y hacia el otro, miró hacia la puerta y el chofer, buscando su cabello o sus ropas, su mirada, pero no estaba. Se preguntó si sería por estar leyendo un libro de Julio, que era su favorito, o por el recorrido que estaba haciendo, tal vez su fantasma volvía para atormentarlo.
Decidió ignorarlo, porque ya se había dispersado en el aire, y era mejor hacer lo mismo con su sentimiento de nostalgia. No pasó mucho cuando volvió a sentirlo, esta vez estaba seguro, definitivamente era su perfume, lo sintió más intensamente. Bajó el libro a la altura de sus muslos, dejando el dedo gordo aprisionado entre la hojas que estaba leyendo, y revisó con la mirada cada asiento, cada rincón, pero ella no estaba. Agudizó la nariz, era inútil, ya se había disuelto en el aire, y no podía indicar con precisión de dónde provino, pero estaba seguro que era de alguien delante de él, «Del fondo no viene, eso seguro... Debe ser de alguna mujer delante mío, quizás la chica de remera azul o...», se quedó mirando fijo a una chica de campera roja y vaqueros ajustados. Tenía lentes de marco grueso y negro, cabello enrulado y espeso, estaba lejos, lo cual explicaba porqué sentía el perfume fugazmente.
Habían pasado ya las dos de la madrugada, estaba sudando, no sabía en que pensaba cuando tomó su jersey azul. Decidió detenerse en el escalón del umbral de una puerta antigua de madera, con la pintura saltada por los años, de unos 2 metros y medio, con un enrejado de hojas negras cubriendo las ventanas angostas y largas. Habría hecho muchas cuadras, no sabía cuantas, perdido en pensamientos, recuerdos, problemas financieros. Muchas cosas venían a su mente mientras descansaba las piernas, sobre todo, pensaba en Mariano. Se preguntaba que estaría haciendo ahora, dónde estaría, con quién. Realmente nunca había dejado de pensar en él, desde que salió de su casa, desde que tomó el jersey... no, incluso de antes, desde que volvió a España, incluso desde que lo conoció en Las Cuartetas, ese día que su primo porteño lo llevó a comer unas pizzas y los presentó. Desde entonces que Mariano está grabado a fuego dentro suyo. Sintió enormes ganas de volver a verlo, pero no entendía muy bien por qué. Ellos simplemente decidieron no verse más, sabía que al terminarse ese lejano verano en Buenos Aires, volvería a su tierra. ¿Acaso quería demostrar algo? ¿Lo bien que le iba y estaba sin él? ¿Cuanto había madurado desde entonces? Pasó un año y medio, pero jamás volvió a sentir la intensidad al contacto con otra piel como la que le dio Mariano. Por nadie se había entregado como con él, y ahora, ¿por qué quería verlo? ¿Quería verlo realmente? Ya no sentía ese deseo de no estar juntos de entonces, lo había superado. Quería demostrarle eso, sentirse dueño de sí mismo frente a él, a quien le había dado todo su ser. O quería demostrarse a sí mismo que podía ser esa persona firme que nunca fue. Luego de largo tiempo de divagar en su mente, se levantó del escalón y revolvió en su cartera hasta encontrar las llaves. Buscó la cerradura con cuidado, dio la media vuelta a la llave y empujó la gran puerta de vidrio con desgano. No sabía que iba a decirle a Pablo cuando lo viera, sería capaz de mantener la calma o estallaría en llanto y furia, no había un termino medio para ella. El taco bajo hizo eco por el pasillo, hasta detenerse frente al ascensor. Mirando fijamente su rostro reflejado en el acero pulido, escudriñando dentro de sus propios ojos, confundida, «A lo mejor debería dejar pasar unos días hasta aclarar mis ideas... no, no voy ser una cornuda como mamá, me pregunto cuántas veces debiste sentirte en esta situación. Ay, vieja, ¿cómo te aguantabas todo esto?».
Sumergía profundamente la mirada en las comas, las letras y los puntos, naufragando en los espacios en blanco de las hojas. Se acomodó de costado, cada tanto levantaba la vista y la examinaba de arriba a abajo, la estudiaba, en cada movimiento, se imaginaba su cintura bajo sus ropas, estudiaba cuidadosamente sus curvas por los contornos del vaquero. A penas alcanzaba a verla de perfil, nada tenía que ver, era tan diferente. Su postura, sus forma de vestir, su cabello, su rostro, nada tenían en común, pero esa fragancia, ese dulzor en el aire que de tanto en tanto acariciaba su nariz, retenía su atención y todas su concentración. No alcanzaba a verle los ojos, no podía decir si al menos la mirada, esas pequeñas ventanas del alma que dejan ver más de lo que quisiéramos de nosotros mismos, dejarían escapar alguna similitud notable.
Al doblar por Colombres se bajó una pareja sentada cerca suyo, ya le faltaba poco para bajar, pero decidió sentarse para tener una nueva perspectiva, quizás de otro ángulo... ella giró su rostro hacía su dirección y, asustado, se escondió tras de Julio, miró fijamente las páginas, sin embargo dentro suyo sabía que la mujer de la campera roja y los vaqueros ajustados se aproximaba a su dirección. Se sentó a su lado, «¿No le parece que deberíamos ir volviendo?» entre nerviosa e indecisa, el Coronel sabía que ella hubiese preferido quedarse con él esa noche, pero eran otros tiempos y no quería dar una mala impresión a María ni a sus futuros suegros. «Sí, ahora mismo la llevo a su casa». Así fueron las primeras salidas, en las que rápidamente se ganó el tuteo, los primeros besos y esa primer noche de caricias, mimos prolongados y sutiles.
La botella vacía rodó por el piso y el Coronel alzó la vista al techo, se sonrío pensando en lo inocente que era en esa época, los formalismos, las costumbres y en lo que vino después: la violencia, el proceso, la guerra, luego el repudio y sobre todo la carga en su corazón a causa de sus pecados. «Perdoname, María.»
- ¡Sos una mierda!
- ¡Para un poco, calmate Analía!
- ¡No me calmo un carajo! -sus gritos le raspaban la garganta mientras sus lágrimas resbalaban por sus mejillas teñidas en un rojo vino intenso. Se abalanzó sobre Pablo y con sus puños cerrados golpeó su pecho agotando sus delicadas fuerzas. Él intentó contenerla, pero lo rechazó y corrió al cuarto.
- ¡¿Qué hiciste, Claudio?!
- Si lo dejaba ahí lo iban a dejar morir, ¿no te das cuenta? -el bebé lloraba desconsoladamente en los brazos del Coronel por los gritos y el hambre. Sacó los cajones y los tiró por la ventana uno por uno, junto a los peluches y las cartas, empezó a guardar sus cosas en un bolso.
- ¿Estás loca?¿Qué hacés, Ana?
- ¿A dónde vas, María? Pará.
- Lejos tuyo, no quiero saber nada de esto. -se dirigió a la puerta, y el Coronel la tomó del brazo.
- Ana, no te vayas, lo podemos resolver -le pegó un cachetazo, y él la sujetó con violencia y la arrojó al piso.
- ¿No ves lo que estoy haciendo por nosotros? No podemos tener hijos, te traigo uno para que lo criemos juntos y vos te ponés difícil.
- Andate a la mierda si querés, pero no vuelvas más.
- Metete el dpto. en el orto, Pablo.
- Dame a ese chico.
- ¿Sabés lo que tuve que hacer para poder sacarlo? Es mi hijo, si vos no lo querés, jodete.
- Dámelo, tiene que estar con sus papás.
- ¡Sus papás ya no existen, nunca existieron! -las lágrimas caían del rostro de su mujer y cuando ésta intentó arrebatarle al bebé de los brazos el Coronel. Sin pensarlo dos veces le apuntó el arma que llevaba en su cintura en medio de su frente.
- ¿Dónde está el hombre que conocí? -ahora las lágrimas caían como una pequeña cascada incesante, se puso de rodillas y su frágil corazón no aguantó más la angustia desplomándose en el piso.
- ¡María!¡María! -el Coronel despertó sobresaltado.
- Viejo, ¿qué pasa? -Gabriel entró en la habitación, recién llegado de una salida con sus amigos.
- ¡Chau, morite! -Dio un portazo y bajó por las escaleras con el bolso en la mano.
- No pasa nada, hijo, sólo recordaba a tu madre.
Cerró el libro, y la observó detalladamente al sentarse a su lado. Le quiso decir muchas cosas, cuando devolvió la mirada le sonrío. No había caso, nada en esta mujer de campera roja y vaqueros ajustados se parecía a ella, ni siquiera el perfume que le pareció sentir anteriormente. Sintió un vacío por dentro que no se pudo explicar, le pidió permiso. Al pararse tocó el timbre avisándole al chofer que la próxima era su parada. Bajó y caminó unas cuadras en dirección contraria a su casa. Antes de la esquina unos cajones con ropa y cartas rotas le llamaron la atención, se quedó unos segundos admirando, pensó en que más de uno debía de estar sufriendo a causa de alguien. De pronto, un profundo sentimiento de soledad lo invadió y siguió caminando, ya eran cerca de las 4 am y el calor era insoportable. Dejó el jersey azul que le había regalado Mariano un día antes de irse de Buenos Aires junto con la ropa de los cajones y se apartó lentamente hacia el final de la calle.
2 Opinan que:
me encantó...
fue un viaje extraño leer tu cuento.
me encantó.
si te interesa la fotografía callejera, de prensa y la intrahistoria del fotoperiodismo:
www.fotoreportajeando.blogspot.com
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