Pensativo, a la luz tenue de un pequeño velador con una bombilla de 25w, mecía la birome entre sus dedos, mientras la otra mano hacía tintinear el hielo del vaso con whisky contra los bordes. Ya no sabía desde hacía cuánto tiempo estaba allí sentado, en la silla con respaldo curvo, apoyando los antebrazos sobre el escritorio y fijando la mirada a la hondura abismal de la hoja en blanco. Sus pensamientos se difumaban antes de que pudieran concretar una forma, un esquema, aunque sea un ligero trazo. Las palabras se atascaban una atrás de la otra en una madeja de letras; las efes se anudaban con las pes; las íes se escurrían a través de las oes con gestos burlones y las cus se atoraban con las equis en un intrincado atropello sin sentido. El sonido de los coches que se filtraba por el balcón abierto de par en par se sumaba a la melodía del reloj y el hielo, componiendo una música hipnótica y somnolienta. Pero el peso de los párpados seguía tan ligero como una pluma acostada sobre una nube abultada entre los vientos. Y así permaneció largas horas hasta entrada la madrugada, cuando el cielo se tornó de un azul profundo y las estrellas se acurrucaron más que nunca bajo el abrigo de la ciudad que las opacaba.
Se alejó del escritorio, se acercó al balcón y tras un sorbo de whisky admiró la avenida y la combinación de colores artificiales explotando de vida sin alma. Entre más reconocía los detalles, las decoraciones, las grandes y pequeñas imperfecciones y demás objetos que completaban las calles, el vacío crecía en su interior, hasta que un vuelco del corazón le humedeció las mejillas. Perplejo ante su soledad, se vio a sí mismo como un pájaro herido sin poder volar. Dio tres pasos para atrás y encendió el equipo de música, el disco ya estaba puesto, y empezó a sonar una canción eterna, impresa en su memoria. Volcó lo que quedaba de la botella en el vaso y como si hubiese planeado desde un principio todo lo que quería comunicar, escribió hasta que la muñeca flaqueo y el punto final se desparramó en forma de guión.
38 minutos después de que saltara por el balcón, el encargado del Tango Blues Baires Hotel le comentaba al policía que el hombre que se registró como Heraldo Gonzales no era más que otro pobre tipo que no supo manejar un adiós.
Se alejó del escritorio, se acercó al balcón y tras un sorbo de whisky admiró la avenida y la combinación de colores artificiales explotando de vida sin alma. Entre más reconocía los detalles, las decoraciones, las grandes y pequeñas imperfecciones y demás objetos que completaban las calles, el vacío crecía en su interior, hasta que un vuelco del corazón le humedeció las mejillas. Perplejo ante su soledad, se vio a sí mismo como un pájaro herido sin poder volar. Dio tres pasos para atrás y encendió el equipo de música, el disco ya estaba puesto, y empezó a sonar una canción eterna, impresa en su memoria. Volcó lo que quedaba de la botella en el vaso y como si hubiese planeado desde un principio todo lo que quería comunicar, escribió hasta que la muñeca flaqueo y el punto final se desparramó en forma de guión.
38 minutos después de que saltara por el balcón, el encargado del Tango Blues Baires Hotel le comentaba al policía que el hombre que se registró como Heraldo Gonzales no era más que otro pobre tipo que no supo manejar un adiós.
1 Opinan que:
Muy buen relato... los hoteles en buenos aires perdidos en medio de calles mal iluminadas, tienen ese no se que misterioso y melancólico que le dan una vivacidad especial al relato.
Me encantó.
Saludos
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