viernes, marzo 12, 2010

Bailando al compás del Nataraja

Veo las luces de las explosiones del cosmos, ardiendo, dibujando un alma para el Ente de los entes. Soplando en sí mismo los misterios de la sangre, en la concepción universal del infinito con el finito del tiempo que abraza su final. Expandiéndose eternamente, hasta que el espacio extrasideral le quede chico. Y lo único es vulgar, los vacíos se llenan de corazones heridos, el dolor es felicidad, la felicidad es inalcanzable, el agua es sulfuro mientras el polvo se dispersa en vientos huracanados. La piel se abre, se roza, se mueve convulsionada de llantos, demostrando su poder devorador de paz. Los cielos se abren a la incertidumbre, a la locura, necedad e ignorancia en su máximas expresiones.

Entonces, todo se combina. Para los que como yo entienden que es una melodía, la mayor obra, el momento de más tensión, es la última pieza de arte. El acto al que le sigue el telón y despedida, en que todos nos levantaremos y nos aplaudiremos, daremos elogios a los directores y productores, músicos, fotógrafos, montadores de escena, etcétera Descubriremos, así, que no hay lugar que no sea donde estemos, que no habrá personas mas las que tenemos al lado, pero, sobre todo, nos daremos cuenta de que siempre fue así. Que el cambio es que no hay cambios, simplemente abrimos los ojos de la obra por la que nos dejamos atrapar, de la que siempre fuimos parte, olvidando nuestra identidad. Y para eso nunca es tarde, por más que sea en la muerte.

Y yo, señores... yo me siento bien.

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