El Cedro mira de reojo al Manzano, descalificándolo en celos. Un joven se acerca y descansa, apoyando la espalda en la corteza del Cedro. Dos doncellas corren al manzano y abrazan su cuello, dan vueltas y danzan alrededor de su calor.
El viento agita la copas arrastrando blancos pétalos a los pies del joven. El Cedro junta sus brazos y su sombra intenta abrazar los corazones. Los ojos de las doncellas brillan como las flores pálidas del invierno.
El joven se levanta predispuesto a acercarse al Manzano. Es entonces cuando se quiebra el silencio. –Antes de que te alejes de mí– dijo el Cedro con voz grave y profunda –debo advertirte: nunca te alejes de mi sombra, y si caes en la sombra del Manzano, evita tocarlo.
El Cedro alza su brazo hasta donde se encontraba el Manzano. El joven camina hasta las doncellas. Ellas le sonríen, lo invitan a jugar. Lo toman de las manos, pero él atento a la advertencia del Cedro se reusa a cruzar la sombra. Entonces, una de ellas lo lleva al sol.
Bailan y saltan, sintiendo el césped entre los dedos de los pies. Dando vueltas y revolcándose, sus mejillas sonrojan. Pero la otra doncella mira angustiada desde la sombra del Manzano. –Llámalo.– dice una dulce voz llena de calor a su oído. Ella los llama, y de a poco se acercan. Estando cerca, la doncella de la sombra, sujeta al joven, sin embargo, la doncella en el sol, lo intenta retener.
Cayeron los tres a la sombra del Manzano, y entre juegos y vueltas son arrastrado por sus pasiones. Primero caricias, luego susurros, seguidos de besos y dulces frutos que se mordían. Danzaban en su orgía.
El Cedro alejó su brazo, prudente a lo inevitable. Entre más se acercaban al Manzano, más ardían sus corazones. Hasta que, cegados de luz, el joven toco el Manzano.
...
Las cenizas viajan lejos y de caspa está cubierta la copa del Cedro. Crepita sin parar el deseo, mientras las llamas se elevan al cielo. La herida en la Tierra seguirá sangrando hasta que precipiten las lágrimas frías como la suma de diez inviernos.
0 Opinan que:
Publicar un comentario